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La Bailarina Rota

Mensaje por Erika Siegfried el Sáb Abr 21, 2012 6:41 pm

Los y las estudiantes de primer año entraban en el salón con su típico bullicio, inconscientes de que sus cinco minutos de descanso entre clase y clase habían terminado ya hace dos y que la hora de danza lírica había comenzado desde que habían cruzado el umbral de la puerta.

- Quien no se sitúe en la barra en un minuto que se olvide de volver a mi clase durante esta semana –dije alzando la voz ante las suyas, con autoridad y decisión.

Sus voces descendieron en picado hasta alcanzar el silencio, acelerando sus pasos hasta alcanzar el banco y dejar allí sus cosas. Algunos se quitaban sus sudaderas, otras se peinaban rápidamente. Sonreí en mi interior, en ellos se veía una gran clase, eran jóvenes y escandalosos; pero obedecían y mantenían la compostura ante la presión inicial, no devolvían los ataques ni se sentían ofendidos, sólo es lo que ella ha dicho y sus palabras son órdenes. No, no es que me gustara el poder, sino más bien el orden, el orden en mi trabajo. Eso me aseguraba el control sobre cada segundo, cada paso que cada uno de ellos diera bajo mi mirada y sobre mi nombre. Podía ser la Reina de Hielo de sus horarios, pero no por odio ni cansancio moral, sólo quería que dieran lo mejor de sí y quien no quisiera, que no quiere decir poder, no tendría nunca cabida en mis clases. La perseverancia hace el éxito y si deseaban alcanzarlo no tendrían otra opción. El dolor que pudiera provocarles mis palabras sería el que les hiciera sudar orgullo en los grandes teatros europeos: desde Grecia hasta Rusia, y desde esta a España. Y si sus pies poseían el don de los ángeles, si eran capaces de sintonizar su cuerpo con la música, quien sabe si alguno de sus nombres aparecería entre los más honorados del mundo. Porque sólo eso, porque yo sólo deseaba eso. Que fuesen los mejores entre los mejores. Que revivieran mis tiempos más añorados. Que sintieran en sus ingenuas almas lo que una vez fue mi sueño materializado. Sin embargo, decirlo así, confesarlo, sólo demostraría que mis exigencias se basan en un orgullo egoísta y me tacharían a la primera de cambio. Hasta ahora, ser igual de perfeccionista y detallista como lo fui encima de los escenarios me había funcionado, y desde hacía relativamente poco pecaba de serlo continuamente, pero a decir verdad, las cosas me iban mucho mejor.

Llamadme cobarde. Insultadme por ser incapaz de mostrar mi interior, de ser sincera conmigo misma. Pero siempre había sido el alma herida y desde que esa coraza de frialdad me abrigaba me sentía más segura; capaz de repeler todas las balas, de evadir cada posibilidad de sentir la sangre correr por mi ánima, descompuesta, a punto de desmoronarse en pedacitos como un cristal que estalla con el impacto de una piedra.

Me acerqué a la minicadena y presioné el botón “play”. Aun nos faltaba un pianista para los ensayos y las lecciones. Me dirigí hacia la multitud, en silencio, sujetada a la barra de la pared.

- Hoy únicamente calentaremos y practicaremos los pasos ya aprendidos –comuniqué con extrema seriedad- El plié, adagio, attitude, los flouetté y el cou-de-pied.

Todos fallaban aun en algunos de esos pasos, dato que me extrañaba terriblemente, pero no quedaba otra opción que perfeccionarlos. Al fin y al cabo, como ya mencioné, nos faltaba un pianista digno que nos ayudara con las prácticas y por lo tanto teníamos tiempo par alcanzar un nivel al menos bueno en la clase.

- Comencemos con el plié –les di unos segundos para que se posicionaran- Empecemos –me fijé en cada una de sus figuras- Un, dos, tres –mi mirada se deslizaba entre sus movimientos- un, dos, tres, un, dos…

Alguien tocaba en la puerta, me giré hacia ella vizualisando tras el cristal a una de las chicas de administración que me preguntaba a través de signos si podía pasar. Asentí. Pasó nerviosa.

- Señorita Siegfried, es su madre –intentó comunicarme algo con la mirada, enarqué levemente una ceja mostrándole que no la entendía- Sobre su padre…

Miré a mis alumnos que se fijaban en mí con especial atención. Parecía que sabían lo que pasaba. Ellos sabían lo enfermo que estaba mi padre. Allí, ¿quién no?. Tardé cinco segundos en responder. En evadir a la chica y salir de la clase a paso ligero, con movimientos ágiles pero bruscos, signos de mi desespero. Caminaba rápido hasta la secretaría del edificio. La brisa acariciaba la piel de mi cara y suspendía en el aire algunos mechones sueltos de mi recogido. Sentía los ojos llenárseme de lágrimas. Me las sequé antes de que cualquiera pudiera verme. Y así varias veces hasta llegar. Cogí el teléfono sin permiso.

- ¿Mamá?... -murmuré antes de escuchar el aliento cortado de Valentina- Mamá... Mamá respóndeme

- Cariño... Cariño, ¿cómo estás?... -dijo con su sobreactuado humor tranquilo.

- Mamá, ¿qué ha pasado?.

- Tu padre...

- Mamá, por favor...

- Tu padre ha entrado en parada cardiaca y ahora está en quirófano... -aquello ya era malo pero su voz, su tono, escondía algo.

- Y qué más mamá -comenzaba a hiperventilarme.

Aparté la vista de la secreteria que acaba de llegar y me miraba con atención, no preocupada, sino cotilla.

- Ha entrado en coma y...

- Sí.

- Te quiero Erika.

- Sí.

- ¿Erik...

El teléfono se deslizó entre mis dedos cayendo al suelo. Sentía los ojos irritados. Salí corriendo y esquivé todo. Alumnos en los pasillos. Cubos de basura. Personal. Así hasta encontrar lo que creía, con mi nerviosismo, un escondite. El baño del alumnado masculino. Cerré la puerta y me deslicé sobre ella asegurándome que nadie entraría. Comencé a llorar en silencio. Pegué mis rodillas al pecho y comencé a notar las lágrimas ardientes y grandes recorrer mis pómulos. Sentí el frío suelo a través de mis mallas y la pegajosa puerta en mi suéter ajustado. Me sentía sola. Me sentía lejos de cualquier atisbo de calidez.

El médico en su momento nos dijo que su cerebro sería incapaz de sobrevivir a un coma. Que la muerte le esperaba, deseosa de escucharle tocar el violín en su posada.


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Re: La Bailarina Rota

Mensaje por Sören J. Dietrich el Sáb Abr 21, 2012 9:04 pm

Tan sólo una mirada le había bastado para darse cuenta de que lo que tanto había estado esperando por parte de aquella muchacha pelirroja que otrora fuera la pieza fundamental de su existencia -si es que aún no dejaba de serlo- no había sido nada más que eso... un anhelo, una esperanza fundada en suposiciones y ninguna certeza. Ella ya no lo amaba y por más que él hubiese intentado hacer lo mismo no lo había conseguido. Fue duro para Sören darse cuenta -tal vez demasiado tarde- que durante casi tres años sólo había estado perdiendo el tiempo y también parte de su razón al haberle dado tanta importancia a aquel noviazgo que había tenido de adolescente. Las acciones de Kristine eran extrañas, él podía notarlo en el tono de su voz, en la manera de moverse o incluso en su forma de mirar. La conocía tanto y ella parecía haber cambiado tan poco durante ese transcurso de tiempo, que tuvo la tonta idea de que ella -al igual que él- habría seguido albergando dentro de sí un sentimiento que no lo llevaría a ningún lado y que, aunque en otro tiempo le había hecho feliz, ahora distaba mucho de ello.

Suspiró cansinamente, como si sus pulmones estuviesen agotados, exhaustos del ejercicio que le permitía respirar, se sentía como si realmente fuese un viejo. ¿Viejo? A los diecinueve años era ya, decir mucho. Tal vez sólo quería autoconvencerse de ello para así evitar culpar a alguien más de lo que le sucedía, quería creer que su forma de ser le hacía tomarse todo tan a pecho, y darle demasiado valor a los sentimientos y cosas que le sucedían. Si tan sólo hubiese dejado el tiempo pasar y además se hubiese preocupado más de sí en vez de sólo compadecerse de lo que le había tocado vivir, las cosas serían muy distintas. Sus palabras habían sido claras cuando se despidió de ella, él no volvería a molestarla, no la buscaría ni tampoco forzaría encontrarse con ella; al contrario, iba a evitarla, prohibirse a sí mismo el verle, hablarle... Cualquier tipo de contacto que le alimentara el sentimiento que se mantenía firme en él y que se negaba a abandonarlo, provocándole siempre aquella sensación de ser el tipo más estúpido de Alemania -si es que no lo era de todo el mundo, cosa improbable ya que no era ni sería el único que pasaría por un desencuentro amoroso- por seguir queriendo a alguien que no le respondería del mismo modo y que, tampoco tenía el interés.

Sus clases ya habían terminado y por primera vez en mucho tiempo no quiso volver de inmediato a su habitación. De todas maneras, ¿qué le esperaba allí? Probablemente nada nuevo, sólo el silencio y mucho tiempo para pensar.... Pensar. Algo que no quería hacer. Pero... ¿Qué podría hacer para evitar que su mente lo llevara siempre al mismo punto? Caminaba distraído, intentado -paradójicamente- pensar en algo que lo distrajese. Pero la mente humana juega con sus propios dueños y ni cuenta se dio cuando se vio frente al edificio en el que Kristine pasaba la mayor parte de sus horas. -Imbécil- murmuró casi de manera inaudible y no haciendo precisamente alusión a la chica, sino que se lo decía a sí mismo por haber llegado hasta allí. Bajó la mirada hacia el suelo y se llevó una mano hacia la frente. No estaba bien haber llegado precisamente a aquel imponente edificio, no estaba bien haber intentado huir y tampoco estaba bien quedarse parado como idiota. Se sintió ligeramente mareado, seguramente porque no pudo comer a la hora del desayuno y a esa hora del día esa mala costumbre ya le pasaba la cuenta. Movió la cabeza, necesitaba despejarse y fue así que entró -aún dubitativo- al edificio para entra a los servicios. El baño, estaba pulcramente limpio algo que no le había impresionado demasiado, porque los de su edificio eran exactamente iguales. El color blanco, las baldosas resplandecientes del piso, el amplio espejo y la luz fluorescente provocaban en la habitación -y en la percepción del muchacho- la sensación de estar en un hospital. No los detestaba, pero no eran su lugar favorito. Se miró en el espejo y echó a correr el agua del primer lavabo. Se quitó las gafas y las dejó encima, a un costado de la llave del agua. Se mojó un par de veces la cara y eso le hizo sentir un poco mejor. Pero aún así mareado. Necesitaba sentarse un momento.

Se secó la cara, se puso las gafas y avanzó hacia uno de los cubículos, bajó la tapa del váter y se sentó sobre ella, dejando la puerta abierta mientras estiraba sus largas piernas, apoyaba la espalda en el estanque del váter e inclinaba su cabeza hacia atrás, cerrando los ojos un instante. Cuánto tiempo estuvo así no lo supo ni tampoco lo percibió, sólo se preocupó cuando sintió entrar a alguien y que cerraban la puerta. ¿Podría ser que alguien estaba muy desesperado por evacuar y no quería ser interrumpido? la idea, aunque desagradable a la hora de imaginársela, parecía ser la más lógica y obvia. No se movió de su lugar ni emitió sonido alguno, para no preocupar a la persona que hubiese entrado. Después de todo, un baño era para eso. Pero cuando no sintió ningún tipo de ruido “característico” ni tampoco de que entraran a uno de los cubículos ni que cerraran la puerta, se asomó desde donde se encontraba y miró hacia el pasillo. En la puerta, abrazando sus rodillas, casi como un ovillo se encontraba... ¿Una mujer? Alzó las cejas producto de la impresión de que una mujer se encerrara en el baño de hombres para... ¿Llorar? Sí. Lloraba, y por la manera en que lo hacía, debía ser por algo importante, porque a pesar de no emitir ruidos ni gritos histéricos como otras, su rostro reflejaba el dolor que le provocaba la razón de su pena. Él no la conocía, ni sabía si era alumna o profesora, sólo sabía que lloraba y estaba allí. No supo qué decir, o qué hacer... se sentía fuera de lugar, aunque técnicamente era ella la que no debía estar ahí, Sören creía que estaba siendo parte de algo que era sólo de ella y no supo muy bien cómo reaccionar. Se levantó de donde estaba, tampoco podía quedarse allí mirándola sin hacer nada. -¿Disculpe... se encuentra bien?- preguntó tímidamente casi en un susurro, a medida que comenzaba a dar cortos y lentos pasos hacia ella, manteniendo una distancia considerable. “Tonto, si estuviese bien no estaría llorando...” una vez más lo obvio se le hacía evidente y se sintió aún más incómodo por su pregunta. “Claro que no lo está y tú no ayudas mucho con tus torpes preguntas”. Se volvió a llevar una mano a la frente y desvió la mirada hacia un lado. -Lo siento.... Es evidente que no está bien- añadió de manera nerviosa, expectante ante cualquier reacción de la mujer. No se había atrevido tampoco a llamara de “tú” porque aún no estaba seguro de el rango de la joven -notándolo- mujer que estaba frente a él. -¿Necesita ayuda?- añadió luego de pasados... Cuánto... ¿Unos tres o cuatro segundos? La volvió a mirar, esta vez con cierta preocupación, y es que no le gustaba estar en presencia de ese tipo de situaciones, porque nunca sabía cómo reaccionar ni tampoco cómo ayudar a mejorarlas.



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Re: La Bailarina Rota

Mensaje por Erika Siegfried el Dom Abr 22, 2012 7:24 am

[justify]No sé si sabéis esa sensación previsora, esa que te dice, casi te suplica, que te prepares, que lo que sientes en ese momento no tiene comparación con lo que sentirás después. Era la sensación del luto, siquiera su corazón había dejado de latir y yo ya sentía que debía respetar su descanso eterno. Así de dramático podía ser la imperiosa muerte de un violinista. Hacía ya poco más de dos años que había dejado las cuerdas de su violín, el amor de su vida, después de Valentina. Un violinista sin su violín no es más que una persona desdichada destinada a algún final cruel, oscuro y frío. Hacía meses que había dejado el tratamiento y desde entonces había empeorado, hasta el punto de yo ser incapaz de ir a visitarle sin echarme a llorar o acabar una semana hundida, allá por donde las tinieblas pierden sentido y los cisnes no son más que el amargo rastro de plumas ya deshechas.

Apoyé mi frente entre las rodillas, las lágrimas corrían hasta la mitad del pómulo, de donde se separaban de mi piel y caían en picado hasta las tela de mi malla o suéter, donde fueran a parar. La tristeza se apoderaba de mi pecho y me encogía el corazón. Apuñaladas que desintegraban la sangre y la destilaban en la melancolía. Nunca más tendría la mínima posibilidad de escuchar sus acordes, los acordes que no tocaban sus dedos, sino su alma. Respiré hondo y a mis fosas nasales llegó mi dulce y suave perfume. Era curioso, nunca me percataba, pero era el día. Era el perfume que él me había regalado cuando tenía doce años. Mi primer Trésor. Cerré los ojos. Necesitaba recordarle. Ese chute de metadona cuando se sufre el síndrome de abstinencia. En mis oídos comenzó a sonar una de las composiciones de Mozart.

Estábamos en la biblioteca del gran piso londinense. Mi antigua casa. Afuera, por la ventana, se podían ver copos de nieve descender del cielo con el propósito de vestir, una vez más a, Londres de su entrañable color blanco. Yo leía un libro, "El Principito"; no creo que tuviera más de ocho años. Él estaba sentado en su sillón, vestido de gala, aquella noche él y mi madre iban a un vals. Me miraba, pero yo me hacía la loca. Sabía que sonreía, porque Mozart le hacía sonreír, Beethoven pensar y Vivaldi llorar. Mi madre lo llamó, debía de haber llegado la niñera y por tanto era hora de irse. Se levantó y acercó a mí despacio. Leyó por encima de la nuca diciéndome al oído "He aquí mi secreto, que no puede ser más simple : sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos.". Yo lo miré, me sonrío, le sonreí sin terminar de entender porque me había leído aquella frase, y me besó en la frente. Nos vemos pronto pequeña. Años más tarde comprendí la importancia de aquellas palabras, sobre los escenarios.

Una voz me hizo salir del trance. En aquel instante tenía la cabeza alzada, no me había dado cuenta de ello. Terminé de abrir los párpados y me fijé en él. Parecía ser un estudiante, la juventud se palpaba en sus pupilas, detrás de los grandes cristales de sus excéntricas gafas. Atendí a lo que dijo, pero simplemente no dije nada. Me sentía débil, no físicamente, sino emocionalmente. Me sentía fuera de lugar.

Llevé mis brazos a mi espalda y apoyándome en la puerta fui levantándome como pude. Debía estar haciendo el ridículo. Debía de haberlo hecho ya. ¿Cuánto tiempo habría estado mirándome llorar? ¿Fijándose en mí mientras el agua salina se grababa en mis mejillas?. Comencé a sentir vergüenza. En mi interior, la pena se mezclaba de forma agridulce con el bochorno y luchaba por no ser más que agridulce, brusco y desconsiderado.

- No -dije con la voz rota y un tono apagado; realmente no sé si había respondido a una de sus dos preguntas, aunque la respuesta fuera igual de válida para las dos- No, gracias.

Me sequé las lágrimas y me dirigí hasta el lavamanos. Abrí el agua y me lavé la cara. Apoyé las manos en el servicio mirando al espejo. Él no era de aquel edificio, sino sabría quien era. Me separé de la cerámica y fui despacio hasta el expendedor de papel higiénico, cogí uno y me sequé la cara de espaldas a él. La situación debía ser en cuanto menos, extraña.

- ¿Quién eres? -pregunté al fin intentando romper el silencio, en un afán de no irme sin más y dejar al nuevo conocido con un sabor amargo, y sin nombre.


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Re: La Bailarina Rota

Mensaje por Sören J. Dietrich el Dom Abr 22, 2012 4:13 pm

Sören no decía nada, sólo observaba en silencio la figura sufriente que estaba frente a él. Tal vez había sido una mala idea salir de su cubículo e interrumpirla, tal vez debería haberse quedado allí, pasando inadvertido, permitiéndole a ella descargar todo el dolor que parecía tener. Pero en el fondo sabía que aquello habría sido más incómodo e inapropiado que haber salido, ¿Cómo podría haberse quedado oyéndola llorar? ¿Cómo se podría haber permitido inmiscuirse en ese momento y estar presente de algo que era tan personal como afrontar una pena? No, nunca se lo habría permitido. Nunca habría podido meterse de ese modo en los asuntos de alguien más. Si bien sus pensamientos estaban más centrados en cerciorarse de que todo estaba bien más que por saber qué le sucedía a la mujer, no dijo nada más luego de haber preguntado. No había tenido otra opción más que haber salido, porque tampoco podría haberla dejado tranquila sin tener que hacerse notar para poder salir de allí. Había estado en el lugar inapropiado en el momento inapropiado. El mareo que había sentido se había esfumado producto de la sorpresa y la angustia del que se volvió presa cuando la encontró llorando. Ni siquiera comprendía por qué se había sentido angustiado... quizá era porque en el fondo, él no podía desahogarse como ella.

La miró cómo se levantó y le sorprendió la delgadez de ella. Sólo atinó a parpadear y asentí con la cabeza cuando ella respondió a sus preguntas. Tal parecía ser que no había nada malo en ella, no al menos físicamente y eso lo dejó más tranquilo, porque no podía hacer más que eso... él desvió la mirada hacia el suelo cuando ella se acercó al lavabo y abrió el grifo del agua. ¿Qué más podía hacer? O más bien... ¿Qué debía hacer? ¿Salir cuidadosamente dejándola allí tranquila o quedarse hasta que ella se fuese? No lo sabía y por más que en su interior se debatiese entre ambas, las dos opciones le parecían poco aptas para la situación. Nunca había sido bueno para relacionarse con la gente y mucho menos lo sería para ayudar a los demás en ese tipo de situaciones. Sólo levantó la vista y sus ojos claros se fijaron en el rostro de la mujer que ahora preguntaba por la identidad del muchacho -Sören Dietrich- respondió casi de manera inmediata y por acto reflejo. -No soy de aquí... pero... necesitaba entrar y era el único edificio con baño que tenía de paso- no sonrió, pero sus facciones hasta hacía un instante preocupadas ahora se encontraban más tranquilas -¿Sabe que este es un servicio para hombres?- preguntó con total sinceridad, cuando la idea de que tal vez ella se hubiese equivocado de baño y que si le preguntaba a él quién era debía ser porque imaginó que había sido él el del error. Preguntó sin quitarle los ojos de encima, puesto que en ellos no había ni un ápice de mala intención ni mucho menos de burlarse de ella como podría haber hecho cualquier otro alumno en su lugar. Sören, en muchos aspectos era distinto a los demás y eso en parte le desagradaba, porque nunca se adaptaba del todo al mundo en el que vivía, se sentía un extraño en su propio espacio.

Por otro lado, tampoco era de los muchachos que solían hablar de más o sólo por rellenar espacios de silencio, pero aún así no podía evitar decir lo que pensaba y lo que creía. -Es usted valiente...-dijo de pronto, sin saber si esa era la palabra precisa para lo que intentaba decir, parpadeando un par de veces como si al no hacerlo, estos se le fuesen a cerrar. La miró y sonrió de manera melancólica; había vuelto a él la idea de que, ella al menos -y sin siquiera conocerla como para aseverarlo- podía llorar y desahogarse de cualquiera que fuese su pesar, mientras que él ni siquiera podía hacer aquello; salvo lamentarse de su suerte y pasear casi como un cuerpo inerte que sólo se mueve por impulsos vagos que su cerebro envía porque así es su fisonomía, más que por iniciativa propia. -No todos tienen la capacidad de despejarse de esa forma- añadió al cabo de dos segundos de haber hablado y luego frunció el ceño, riéndose de sí mismo, sin emitir sonido alguno bajando la mirada una vez más -Lo siento- se disculpó e irguió la cabeza, para volver a mirarla -No sé qué es lo que estoy diciendo- excusas... excusas para evitar confesar realmente que eso era lo que sentía, además ser excusas que le ayudaban a mentirse a sí mismo, porque la verdad era, que si Sören decía ello lo hacía porque él no podía hacerlo debido a que siempre, sus propios sentimientos, alegrías, disgustos, tristezas, toda muestra de sensibilidad y a la vez de que era un ser vivo, lo habían avergonzado. Su subconsciente, una vez más se hacía presente con aquella voz tan parecida a la suya pero mucho más fría, más directa, más racional. “¿Te da vergüenza llorar? No es sólo eso, te da vergüenza sentir tristeza... que es peor... la voz no duro mucho tiempo en su cabeza, porque rápidamente fue depuesta por el recuerdo de las palabras de su hermano, la primera vez que hablaron luego de saber que lo eran. "¿Por qué le temes a sentir? Eres un ser humano, no un mueble... Si de algo deberías sentirte avergonzado, es de renegar y sentir vergüenza de lo que eres y sientes“ Y si Sören alguna vez en su vida pensó que su hermano había dicho algo en lo que podían estar realmente de acuerdo... había sido esa vez. Y por un momento, agradeció haberlo recordado



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Re: La Bailarina Rota

Mensaje por Erika Siegfried el Dom Abr 29, 2012 1:22 pm

Lo miré a través del espejo y por unos segundos sonreí para mis adentros: me era irónico ver por primera vez a aquel chico a través de un espejo cuando su aspecto parecía declarar la guerra a cualquier tipo de reflejo, y en su defecto, algún prejuicio individual estético. Antes, entre las lágrimas secas y el apuro no me quise parar a fijarme con quien había ido a encontrarme por capricho del destino. Y no era ni más ni menos que el desconocido Sören Dietrich. Quien lo diría, el mundo es un pañuelo lleno de desconocidos que te espían mientras lloras. Desconocidos con nombre cabe aclarar, y remarcar. Volviendo al caso, su aspecto era despreocupado y desaliñado, aunque sus gafas seguían el último grito en la moda juvenil y su peinado, aunque perdido en lo despelusado, también muy típico. Era otro estudiante más. Por un momento lo vi como una amenaza. O más que como una amenaza, un intruso en mi luto. Cuando realmente era yo la intrusa, y no sólo en su privacidad, sino en la intimidad masculina que pregonaba el término "servicio de hombres".

En mi pecho aun latía la angustia y, ajeno a ese extraño momento en el cual una profesora de danza se cuela a llorar en un baño masculino donde sólo hay un alumno que siquiera pertenece al edificio, me sentía en... alrededor... No sé como explicarlo... Me sentía como si mi ser se apartara de mi cuerpo, olvidando el concepto de realidad y sólo queriendo hundirse en el olvido. Pero aun así allí estaba yo, a punto de iniciar una conversación, de dimensiones desconocidas, con un estudiante con un nombre que aunque me resultaba conocido no sabía encajar y por tanto, no sabía siquiera quien era aquél. Sí, puedes saber que alguien se llama Sören Dietrich, que lleva unas gafas a la moda y que va sin peinar, pero al fin y al cabo eso no firma el contrato que conlleva decir "te conozco".

- Sí, sé que este es el lavabo de caballeros -dije casi en un murmullo- Pero quería escabullirme del pasillo antes que alguien me viera llorar -le sonreí débilmente- Misión fallida.

Era curioso que esa respuesta, que sólo se refería a una de sus dos preguntas, fuera capaz de responder a las dos incógnitas que había formulado. Yo no le conocía. Y él a mí tampoco. Me halagaba en cierto modo que creyese en un principio que yo era valiente por no temer a desahogarme, por no querer ocultar mis debilidades al mundo, a innumerables enemigos en potencia. Pero no, si lloraba era porque sentía el dolor consecuente de la destrucción masiva de mi escudo emocional y mi capacidad de afrontar los hechos con la postura adecuada y sin que afecten a mis sentimientos. No lloraba para despejarme. Lloraba para expresarme. Asimismo, no eres valiente por llorar, eres valiente, por ejemplo, por hacer frente a tus miedo, o por aceptarte a ti mismo (o misma) independientemente de lo que la sociedad chille con sus protocolos prediseñados. Por llorar, no eres valiente, eres humano. Pero no le dije nada de eso, no lo vi adecuado ni tampoco un argumento que debiera proponer a debate entre váteres y lavamanos. Es más, por un momento quise volver a huir, algo que se materializó en dos pasos lentos y cortos hacia la puerta, pero frené. Lo miré a él, a los ojos y caí en algo, si él estaba allí no era para saldar sus deudas con la naturaleza del cuerpo humano. En ningún momento escuché una cadena, un movimiento, nada que hicieran de su estancia en aquel lugar un hecho monótono.

- No debes disculparte, no has dicho nada que me ofenda ni pueda herirme, ni nada por el estilo -me mordí el labio inferior de forma inconsciente, como síntoma del dolor interno que padecía- Y si te soy sincera, por lo que veo tus ojos... Algo muy familiar para mí en ese momento -sonreí suavemente como si acabara de soltar un chiste malo- Puedo decir que somos igual de valientes esperando que la vida solucione nuestro problemas encerrándonos en este baño.


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Re: La Bailarina Rota

Mensaje por Sören J. Dietrich el Lun Abr 30, 2012 6:03 pm

¿Podría seguir pensando en sus propios problemas en un momento en el que ni siquiera sabía cómo reaccionar o qué decir? Todavía sentía aquella extraña sensación de ser un ente ajeno a aquella situación y mucho más, a lo que vivía aquella mujer que tenía en frente. Era obvio, él no tenía nada que ver con lo que podría suceder y según su criterio, ni siquiera debería haberla molestado con sus preguntas y menos con sus comentarios fuera de lugar. ¿Qué le importaba a él si ella era valiente o no? No era su asunto… pero no podía evitarlo, así lo creía y no se había guardado lo que pensaba. Nunca lo hacía y en más de una ocasión le trajo problemas… sobretodo cuando ni siquiera era capaz de filtrar sus palabras o como mínimo hacerlas sonar menos ofensivas en ocasiones. El muchacho alzó las cejas con una evidente expresión de sorpresa en el rostro al oírla hablar nuevamente. Así, se desvanecía por completo su idea de que ella se hubiese equivocado. Estaba precisa y contradictoriamente, en el lugar indicado y equivocado al mismo tiempo. Y bien como había pensado también, él sí había incomodado con su presencia de manera accidental el momento que ella estaba pasando. Aunque como bien había estado también pensando, no podría haberse quedado callado o más bien oculto oyendo cómo ella lloraba… Eso sí habría sido inmiscuirse en los asuntos de otra persona de manera desagradable. Sonrió a medias y se encogió de hombros –Fue cosa de las circunstancias- comentó desviando la mirada hacia una de las llaves del lavabo que tenía más cerca.

Él no se podía culpar por estar allí y por interferir en el momento que ella estaba pasando, y ella tampoco podía culparse por estar en un lugar que pensó sería el correcto para estar sola. Nadie tenía la culpa de nada y por extraño que le pareciera a él… ella tenía razón. No había hecho nada, pero para ser sinceros, Sören parecía estar disculpándose por expresar algún tipo de emoción que a él le parecía vergonzoso. Suspiró con calma y se quedó observándola con detenimiento, sin saber que justo segundos después, alguien podría leer en él de manera tan fácil.
Sören no dijo nada, sólo se quedó observándola en silencio contrariado y confuso porque había dado justo en el clavo. Él en cierto modo, estaba allí casi por los mismos motivos que ella. Los motivos aparentes, porque cada uno tenía sus propias razones para querer estar solos sin que nadie los viera. Se quedó levemente boquiabierto y lentamente cerró la boca, parpadeando un par de veces para salir de su ensimismamiento. Volvió a alzar las cejas y desvió la mirada de aquellos ojos que había estado mirando –Probablemente…- reconoció con un poco de vergüenza, porque no le gustaba del todo el hecho de que una desconocida fuese capaz de saber más o menos el estado en el que estaba así tan fácilmente. Incluso una pequeña sonrisa se escapó de sus labios y negó con la cabeza. Su madrastra siempre se lo había dicho… “Eres un libro abierto, Sören… un libro abierto”. ¿Podría algún día dejar sus hojas en blanco para que así nadie pudiese leer en él a pesar de estar abierto? A veces anhelaba aquello, anhelaba poder mentir y esconder lo que sentía, para no tener que explicarse o contar cosas que prefería dejar sólo para él. –Creo que… Lo más extraño de todo esto, es saber que usted ha acertado de manera precisa en el por qué estoy yo aquí… muy extraño… - comentó casi más para sí, contradiciéndose con haber reconocido que ambos estaban allí intentando evadirse de lo que los afectaba del exterior. Se llevó una mano a la frente y golpeteó con sus dedos la superficie lisa de ésta. –Bueno, tal vez no es tan extraño después de todo…- volvió a mirarla y dejar una pequeña media sonrisa en su rostro. Luego se quedó en silencio y frunció el ceño como si intentara recordar algo. –No me dijo su nombre… Aunque supongo que es profesora de aquí, de este edificio- terminó por comentar con calma, intentando –de manera inconsciente, el tema de por qué estaban allí- se quedó mirándola fijamente por mucho tiempo, o eso le pareció a él. Algo en ella le decía que la conocía de algún lado… pero no podía reconocerla bien. Fue así que pensando recordó que Nicoletta siempre solía ir a ver Ballet, y que en un par de ocasiones los había llevado a él y a su padre a una función. Había sido hacía unos años atrás, pero no los suficientes como para olvidarlo… desvió apenas la mirada por un par de segundos y la volvió a mirar –Nina Lilly…- murmuró para sí, pero con los ojos fijos en ella. –Usted es Nina Lilly…- le dijo, sorprendido de sí mismo por recordar un nombre, que seguramente no era el real. Aunque claro, no la había recordado del todo sólo por la actuación que había visto de ella, sino por las películas en las que participó y de las que Nicoletta, era fanática. Ella siempre se denominó como una gran admiradora de Nina Lilly, la bailarina que a Sören siempre le pareció, una muñeca, una muñeca tan frágil como el cristal.



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Re: La Bailarina Rota

Mensaje por Erika Siegfried el Sáb Mayo 05, 2012 8:49 pm

Nina Lilly. Su voz resonó en mi mente. Las cuatro sílabas volaron como aves rapaces por encima de mis sentimientos, visualizando entre ellos la presa; a mí. Nina Lilly, me dije yo para mis adentros. Lo mismo que dije hacía tantos años en un intento, de lo más acertado y exitoso, de rehusar al hecho de que tildaran mi danza como una herencia, cuando eran mis propios esfuerzos, mis propios méritos. Y en parte, también alejándome del mote "La Hija del Violinista", quizás celosa de sus éxitos cuales no podía comparar con los míos, mucho menores al respecto, al menos hasta el momento. Fui estúpida, ingenua, al pensar que un simple seudónimo sólo me traería protagonismo y no lágrimas. La fama nos hace ser nuestro botón de autodestrucción, ese que presionarás sin darte cuenta y que iniciará la cuenta atrás cuando ya es demasiado tarde para creer que puedes pararla. Sentí la boca seca y las manos sudorosas. La vista comenzaba a fundirse en un tupido velo negro cuando suavemente me apoyé en la pared notando los fríos azulejos en mi piel escondida bajo la tela de mis vestimentas de danza.

Había guardado con recelo detalles de mí a aquella escuela, y él sin darse cuenta consiguió castigarme por ello.

- Nina Lilly como ser idealizado del espectáculo -alcé la mirada, aturdida- Me gusta saber que no soy la única que recuerda lo que una vez fui... Pero por favor llámame Profesora Siegfried -no era mi alumno, no tenía por qué hacerlo- O mejor, Erika...

Respiré hondo, intentando estabilizarme.

- Y sabes, no lo es -cerré los ojos mareada- No es extraño que alguien que sufre sepa que otra está sufriendo... Al fin y al cabo casi se reflejan una en la otra -los ojos, aun escondidos tras mis párpados, se humedecieron- En la danza aprendemos que nuestro corazón late para ser escuchado, no hacernos sentir vivos, sino para dar pruebas de que lo estamos... Y no es difícil, no, no lo es... Si te paras a mirarme, o a mirarte en el espejo escucharás esos latidos, heridos, y darás por hecho de que no es extraño que tras ver tu mirada y darme cuenta de que estabas en el baño por huir del mundo y no por deshacerte de lo innecesario, nuestra situación era muy similar. Aunque espero que no igual -suspiré- No le deseo esto a nadie -me murmuré.

Encontrándome ya mejor, o al menos lo suficiente para volverme a erguirme y separarme de la pared, me acerqué con pasos, aun más cortos que los de antes, a la puerta. Pero algo, algo en él, me incitaba a quedarme allí. No era magia ni amor inminente a primera vista. Era algo tan comparable como cuando te quedas en el parque por el día soleado o aceptas un ramo de flores porque huelen bien. Simplemente me era reconfortante, aun sin conocerle. Sin embargo, él no era ningún psicólogo, y como bien había descubierto, tenía sus propias preocupaciones.

- Siento llenarte la cabeza -le sonreí sin fuerzas- Hoy no es un buen día y tiendo a relacionarlo todo conmigo y mis problemas. El ego del artista, ¿nunca lo has visto? Algunos lo realzan en la pedantería, otros en la vanidad; yo en la melancolía -mi sonrisa se dulcificó en la pena- Perdona.


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Re: La Bailarina Rota

Mensaje por Sören J. Dietrich el Miér Mayo 16, 2012 11:53 am

El muchacho de manera inconsciente había producido en ella tal vez cierto grado de incertidumbre por llamarlo de algún modo y casi ni cuenta se había dado. Él no estaba seguro de cuánta gente podría conocerla por su nombre artístico, o siquiera se darían cuenta de que ella era Nina Lilly. Tal vez, si hubiese sido por sí mismo, él nunca habría sabido quién era, si no fuese por Nicoletta quien trajo toda aquella influencia del arte escénico a la casa que él habitaba. Apenas y sonrió cuando ella le permitió llamarla por su nombre, asintiendo levemente con la cabeza. Erika... Era un nombre que a él le gustaba. O al menos eso le pareció cuando lo oyó a través de la mujer que tenía frente a él.
Las cosas se daban de una manera que él no lograba comprender del todo, así como el hecho de no saber por qué, situaciones tan inesperadas como esa le podrían traer conversaciones como en la que en esos momentos estaba viviendo. Tal vez y a fin de cuentas era muy fácil saber lo que a él le sucedía, y mucho más a ella, dado que había estado llorando. Obvio... Obviedad que al mismo tiempo se vuelve implícita y atrayente por ser también desconocida. Una mezcla de sensaciones y percepciones que si bien, es distinta a las comunes, no pasa por ser desagradable. Más bien era lo contrario... no se sentía intimidado ni demasiado incómodo a pesar de lo extraño, y tal vez era por eso que ponía atención a cada una de las palabras de Erika Siegfried, la profesora que había intentado encerrarse en el baño de hombres para poder llorar tranquila.

Se quedó pensativo ante las palabras de la profesora, observándola en silencio. Él no lo había visto desde esa perspectiva, y de hecho, su forma de ver las cosas había sido mucho más simple y tal vez con menor grado de empatía que ella. Las palabras de la profesora tenían un trasfondo y una manera de comprender los sucesos mucho más completa de la que él podría hacerse, y a pesar de lo dificultoso y difícil que debía ser hablar de lo que nos hace daño o de lo que no nos gusta hablar, ella había sabido muy bien cómo describir aquel sentimiento del que Sören no se había percatado. Claramente, se podía ver que el problema de ella debía ser mucho más complejo que el de él... debía ser muy doloroso además. Eso sí podía notarlo a simple vista, al verla con los párpados humedecidos otra vez. Sören continuó mirándola en silencio, y bajó la mirada hacia el suelo sin querer romper la falta de sonidos de la situación, porque sinceramente, no creía ser capaz de decir algo lo suficientemente acorde como para hacerla sentir mejor. Un sentimiento frustrante, demasiado a decir verdad. Su mirada se desvió del suelo y se volvió a fijar en la figura menuda frente a él. Le devolvió la sonrisa y negó con la cabeza -De todas formas, creo que mi cabeza estaba llena antes de que me hablara... así que no hay nada que disculpar- luego de aquellas palabras suspiró y miró por segundos su propio reflejo en el espejo -muchos otros en la falsa modestia también- le dijo a ella, sin dejar de mirarse, aunque realmente no estaba pendiente de la imagen que proyectaba el cristal. -No sé cuán profunda sea su tristeza ni qué es lo que la provoca, pero...- comenzó diciendo, deteniéndose a sí mismo con un profundo silencio -Pero no veo ningún tipo de egocentrismo al relacionar los problemas de uno mismo con las situaciones vividas a diario... Creo que es hasta un poco reconfortante en cierto modo... una especie de alivio... a fin de cuentas es mucho más fácil hacerlo de esta forma que con un conocido que sabe cómo puedes reaccionar o cree tener las palabras perfectas para hacerte sentir mejor...- bajó la cabeza un momento y una mueca que intentaba imitar una sonrisa surcó las facciones de su rostro por un momento antes de mirar a la profesora Siegfried -No quiero decir que no es bueno hablar con la gente que uno quiera, pero... a veces es más doloroso o incómodo el hablar con un cercano que con los desconocidos.- soltó una pequeña y débil carcajada, tan corta que tal vez sólo fue una risa -Tampoco es que uno le vaya contando sus pesares al primero que pase frente a uno, es sólo la percepción que tienen -o tenemos- los seres humanos... la necesidad primitiva de relacionarnos con los otros... no podemos vivir solos. Incluso cuando a veces sintamos que es mejor la soledad a la compañía- bufó y negó con la cabeza. -No creo que se haya entendido lo que quería decir... supongo que es usted quien tiene que disculparme por tanta palabra sin sentido claro- añadió más rápido que las veces anteriores, y le sonrió. Pero esta vez no sonrió ni por cortesía, ni porque era lo único que podía rellenar un espacio en aquella situación. Sonrió porque quería hacerlo y lo había hecho sentir mejor decir aquello. Sin contar nada de lo que sentía o lo que le pasaba realmente, pudo “desahogarse”, e incluso se sintió mejor... ¿Extraño no?



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